miércoles, 14 de enero de 2015


CON UN LÁPIZ SOBRE LA OREJA
     
      Con un lápiz sobre la oreja y armado de mi agnosticismo de larga data regreso a esta Esquina del Tiempo abandonada por falta de estímulos y por exceso de escepticismo sobre la importancia de que se escriba en el aire por el simple placer de escribir. Hace ahora un mes, Fernando Savater confesaba en su artículo “Un libro de compañía” en referencia a los dietarios literarios su “falta de paciencia cotidiana y sobre todo ese sublime desinterés de escribir por puro gusto, sin que nada ni nadie nos lo exija.” Tras reconocer que sólo escribe cuando no tiene más remedio, se remitía a la sencillez de Isaiah Berlin: “Soy como los taxis, sólo acudo cuando me llaman”.
      Así pensaba permanecer yo hasta que unos héroes de pacotilla, cargados de fanatismo y de odio, adoctrinados y financiados por la rama yemení de Al Qaeda, decidieron asesinar a los caricaturistas del profeta Mahoma y a los seguidores del Yahvé de los judíos. Una masacre que tuvo como respuesta una de las mayores concentraciones de repudio de Europa, más por el asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo (mayoría de “Je suis Charlie”) y su significado de atentado contra la libertad de expresión y la democracia que por los asesinados en la tienda de alimentos kosher (minoría de “Je suis juif”) .

   


Desde ese agnosticismo mencionado, ajeno a religiones y credos por empacho de fanatismos y exclusiones, me apresuro a confesar que la sátira contra las convicciones religiosas de cada cual me chirrían, me abruman, del mismo modo que ocurriría con la sátira continuada sobre la condición sexual de las personas o con las chanzas sobre el holocausto nazi. Y no por ello he de denostar un género literario que planta sus raíces en la Grecia antigua, se afianza en la Roma de los césares y toma carta de naturaleza en la mayor parte de las literaturas occidentales.
      Pero una cosa es que me chirríen e incluso me disgusten determinadas formas de sátira contra acendradas creencias religiosas y otra que haya que combatirlas a golpe de Kalashnikov, fetuas que convierten al señalado en blanco eterno de los fanáticos, o normas legales de difícil digestión. Si Occidente pudo zafarse, después de muchos siglos, del cilicio del integrismo cristiano, no hay razón para que asuma integrismos ajenos y sus particulares interpretaciones.
      No hay duda de que en el apoyo a Charlie Hebdo de estos días hay mucho oportunismo, sobrada hipocresía y no pocas contradicciones. Por esas fechas, mientras Boko Haram masacraba a miles de personas en nombre de un integrismo islamista de propia cosecha, el Estado Islámico seguía segando cabezas de cristianos y la orgía de matanzas en Irak parecía cronificarse, ha sido la muerte de 17 personas la que ha movilizado a la sociedad occidental. Contradicciones aparte, la matanza francesa se ha querido interpretar como un ataque a una democracia laica largo tiempo asentada y a una libertad de expresión irrenunciable. Y contra  quienes quieren cercenar esa libertad se ha optado por el recurso a blandir como un arma mortal un simple lapicero y escenificar así la multitudinaria revolución de los lápices.
      El mío, sobre la oreja.

6 comentarios:

  1. Rebienvenido. Buen análisis. Lo comparto en FB.

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  2. Bienhallado aunque el detonante haya sido un lápiz masacrado

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  3. Echaba de menos al guerrero armado hasta las orejas con el arma letal de la palabra.

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    1. ¡Caramba, Inma!, muchas gracias. Vamos a ver lo que dura.

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