miércoles, 19 de septiembre de 2018

ELOGIO Y NOSTALGIA DEL SOMBRERO
(Del libro en preparación A la sombra del jacarandá)
Mi padre llevó sombrero hasta su muerte. Recuerdo sobre todo sus sombreros de invierno --de fieltro gris, tostado o verde, de ala estrecha y caída algo achulada-- más que los veraniegos, de los que no ha quedado ningún vestigio. Tampoco del “salacot”, reminiscencia de sus viajes por Tierra Santa y Egipto, allá por los años veinte, ni de la chistera corta que solía acompañar con una bufanda de seda blanca y un bastón con espadín rematado en una cabeza de perro de marfil. Con mi padre se fueron los sombreros y en buena hora, pensaba yo, porque estaba persuadido de que la calorina del tocado y la gomina habían aclarado más de la cuenta su cabello blanco, y me alegró aunque el ceremonial del saludo con sombrero era una fiesta visual: dos dedos tocando el ala, tres para asirla sin destocarse, los mismos para llevarlos a la copa y hacer como que se despojaban del flexible sin quitárselo, según los casos.
En mi modesta colección de sombreros predominan sin embargo los veraniegos. Tras la copia del “dick tracy” que compré en Orlando, vinieron, el de “huaso” chileno, muy parecido al jerezano, pero de paja; el de gaucho de la Pampa, el de recolector de café colombiano, el refrescante de “indiana jones”, el de hoja de palma de Johnny Key, los brasileños imitando en paja un salacot, los achatados vietnamitas o el de cazador sudáfricano, éste ni de paja ni de fieltro, sino de piel. Con ellos se agolpan los modelos españoles, en paja entrelazada, como el “pavero”, de ala ancha y copa en cucurucho, que usaban, dicen, para pastorear los pavos. Pero sobre todos ellos destaca el “panamá” que me hice llegar de Ecuador, de donde es sabido que proceden estos sombreros flexibles que caben en el bolsillo sin necesidad de buscar un perchero donde colgarlos. Una vez engomado y encintado para recoger el sudor de la frente,  el “panamá” deja de ser flexible y se convierte en una escultura de Eduardo Úrculo. Mi afición por este pintor procede de dos de las etapas de su producción, abstracción hecha de sus pinturas negras y su realismo mágico de los setenta, al estilo de Carlos Franco, Alcolea, Alfredo Pardo o Feli Marcos. De la primera me atrajeron sus desnudos de mujer, de volúmenes voraces y fragancias de galán de noche, pese a que en muchas de sus obras el almohadón, el edredón o las sábanas arrugadas solo dejan al aire unas piernas sublimes entre la tensión del deseo y la ingravidez de la consumación, en permanente búsqueda de las misteriosas reglas que llevaron a Velázquez a pintar su “Venus del espejo”. De la segunda etapa admiré sus sombreros, casi siempre “panamás”, sobre cabezas vueltas de espaldas, en maletas, mesas o butacones, en playas --con el inevitable recuerdo del patético profesor de “Muerte en Venecia” extasiado ante la belleza del joven Tazio bajo los toldos--, y cuando entendió llegada la hora de la fusión, los volvió a colocar sobre la cabeza de un cincuentón arrobado ante las procaces piernas que había pintado años antes, dispuesto a oler sus humores y besar sus junturas, permanentemente ocultas, ¡ay!, por el “panamá”.
ABC 8 de agosto 1999

domingo, 16 de septiembre de 2018

LA CRUZ DEL SUR
(Del libro en preparación A este lado del tiempo)
Aquella tarde de mayo, Matilde Urrutia me confesó que el mayor regalo que le había hecho Pablo Neruda no era “Los versos del Capitán”, ni las docenas de libros dedicados a ella desde entonces, sino la Cruz del Sur, la constelación austral a la que todo viajero debe mirar para orientarse en la noche: “Cuando yo no esté, mira la Cruz del Sur, porque en ese momento la estaré mirando yo”, dijo que le había dicho Pablo.
Cuando vi a Matilde en el vestíbulo del hotel, con su boca ancha, oceánica, “tu boca de guitarra” había escrito Pablo, entendí de golpe “Los versos del Capitán” y los “Cien sonetos de amor”. A sus 61 años, Matilde era una mujer hermosa de risa espontánea que fácilmente se transformaba en rictus cuando recordaba la muerte de Pablo en Isla Negra, una de las tres casas mágicas que la pareja tenía en Chile, con La Sebastiana de Valparaíso y La Chascona de Santiago, al pie del cerro San Cristóbal.
Neruda había vuelto desde París, donde ejercía como embajador de Chile, con un tumor diagnosticado, aunque los médicos no le auguraban una muerte inminente. Ese día 23 de septiembre de hace 25 años, Pablo y Matilde iban a volar a México en un avión que les había enviado el presidente Echevarría; pero ya era demasiado tarde. El golpe militar contra Allende y la muerte del presidente supusieron una certera estocada en el sensible corazón del poeta. Allí, en Isla Negra (ni isla ni negra, sino plomo del Pacífico y verde y castaño de los pinares costeros), Pablo se enteró del saqueo de sus casas de Valparaíso y Santiago, repletas de colecciones y libros. Los “milicos” también llegaron a la casa de la costa, pero la presencia del poeta y su esposa les impuso respeto y el allanamiento quedó en símbolo. Todavía, tres días después del golpe de Pinochet, Neruda escribió las cuatro últimas páginas de sus memorias “Confieso que he vivido”. “Mi pueblo ha sido el más traicionado de este tiempo”, escribe a vuela pluma, y concluye con un recuerdo para la figura del presidente Allende “acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile”. De a poco, se fue sumiendo en la tristeza del horror. El comunista Pablo veía a su país bajo la bota implacable de la dictadura; el poeta Neruda se quedó sin palabras de amor ni amistad. Doce días desde el salvaje bombardeo del Palacio de la Moneda bastaron para que el Premio Nobel de Literatura cerrara sus ojos al Pacífico.
Matilde y sus amigos decidieron trasladar el cuerpo del poeta a La Chascona. Anaqueles vacíos, paredes pintadas por los huecos de los cuadros robados, habitaciones sin muebles, ventanas rotas. Durante el velatorio, iluminado por cirios en un paisaje fantasmal, la llegada de los amigos era advertida por el crujir de los cristales esparcidos por el suelo. El coraje de socialistas y comunistas en la clandestinidad se demostró aquella noche de suicidio colectivo en la que la represión pareció dormir por unas horas. En su “Canto General” y desde el poema “Disposiciones”, Neruda había reclamado a sus amigos: “Enterradme en Isla Negra, compañeros”, pero no fue posible. El féretro fue conducido al cementerio general, donde se encontraban los muertos de la primera hora del golpe, a pocos nichos de distancia de Víctor Jara. 
Varias veces he viajado a la casa del poeta, convertida ahora en museo. Sería largo hablar de lo abigarrado de su mobiliario, sus colecciones de “mascaronas” de proa, bichos, barcos, caracolas, botellas vacías, su caballo de tres colas, su santuario de niño grande; pero mi lugar preferido es el jardín, frente a la espuma del Pacífico –“es blanca como la harina la espuma derramada”--, donde Matilde y Pablo reposan para siempre en sus tumbas bajo la Cruz del Sur y soñando todavía con los narvales, los unicornios marinos que tanto buscó el poeta por todo el mundo.
La Verdad 26 de septiembre 1998

martes, 11 de septiembre de 2018


NI UN SEGUNDO
(Del libro en preparación El sol  en la espalda)

Ni un segundo me detendré a pensar en el hombre de la ventana del piso 97 de la Torre Norte, contemplando la dorada mañana neoyorkina, sin la más leve bruma sobre el Hudson, quizás con un vaso de papel mediado de agua fresca. Ni un segundo para imaginar su rostro plácido a la espera de la tensión de la jornada. En lo alto de esa torre millones de turistas hemos sentido, junto a la altura, el vértigo de la civilización, la estúpida complacencia del progreso, la cristalización del lema olímpico –“Citius, Altius, Fortius”- ideado por el dominico Henri Didon en 1891. Allá arriba se han usado millones de videocámaras y cámaras fotográficas, tratando de sortear las irisaciones del cristal irrompible. Pero ese hombre tras el cristal de la Torre Norte mira sin emoción el horizonte: se ha acostumbrado al paisaje como los guacamayos a la selva o los celadores a caminar entre las maravillas del museo, sin advertirlas siquiera. Sólo piensa que el aullido del teléfono lo está sacando de la complacencia. Ese hombre despacha de un trago el vaso de agua, lo estruja y el brazo se le queda arqueado en el instante en que una inmensa máquina voladora enseña su morro ante el cristal.
Ni una décima de segundo me detendré a reflexionar en la última décima de segundo de la vida de ese hombre. Desde Aeropuerto 75 me propuse evitar filmes y telefilmes de catástrofe por mi imposibilidad de enajenarme de la historia y mi proclividad a sufrir con los protagonistas. Creía haber salido victorioso de mi empeño hasta el martes 11 de septiembre en que no pude despegarme del televisor ante la sucesión pautada, precisa, maléfica, de unas secuencias sin piedad; la presentación ante la sociedad occidental de los efectos especiales de un filme sin rostros protagonistas. Y entonces, en la repetición salmódica de las imágenes, vi al hombre de la ventana y su brazo arqueado para encestar ya congelado ante el morro del avión, y me prohibí pensar ni un segundo en él, no fuera a malgastar el pavor que nos aguarda.
ABC 19 septiembre 2001


lunes, 10 de septiembre de 2018


    DERROTAS
                                         (Del libro en preparación La cópula de la libélula)                                                              
La semana del Once de Septiembre (en mayúsculas por haber pasado la fecha a la categoría de icono) nos la hemos pasado conmemorando la derrota de un estilo de civilización a manos del fanatismo. Se ha dicho que este estilo de periodismo conmemorativo, como el declarativo al que tan dados somos en los medios de comunicación, no refleja sino el declive de la profesión. Puede ser cierto, pero esa sería otra historia. El caso es que la fecha –esos dos palitos del número uno, tan parecidos a las torres masacradas- ha engrosado una iconografía de derrotas coincidentes, unas más locales que otras,  que hasta el año 2001 se escribían con mayúscula también en sus respectivos lugares.
Para los catalanes, el 11-S  es la conmemoración de la lapidación del  autogobierno catalán a manos de las huestes hispanofrancesas en el lejano año de 1714. El primer rey Borbón, Felipe V, decidió el asedio de Barcelona, cuyos 5.000 soldados se rindieron finalmente al acoso de una milicia binacional de 40.000 hombres al mando del inglés duque de Berwick. Aquella derrota y la posterior proclamación del Decreto de Nueva Planta por el que se borraba cualquier vestigio de identidad catalana ha sido punto de encuentro de los catalanes, desde el resquemor, el sigilo y la clandestinidad, primero, hasta la explosión de júbilo sin precedentes del año 1977. Aquella Diada histórica de hace 25 años nos pilló a un grupo de periodistas, entre ellos dos catalanes, en una Alemania aterrada por la banda Baader-Meinhof o Fracción del Ejército Rojo que acababa de asesinar al jefe de la Patronal alemana Hans Martin Schleyer. Pese al reciente atentado terrorista, la concentración millonaria catalana llegó a las primeras páginas de los diarios alemanes en su aspecto menos festivo, como fue la represión inmisericorde que prosiguió al festejo.
Un Once de Septiembre más universal, opacado ahora por el terror de las Torres Gemelas, fue la derrota de la democracia en Chile a manos del ejército comandado por el general Augusto Pinochet. Muchos hubo que creyeron y creen todavía que aquel día de finales del invierno austral de 1973 supuso la victoria de la ley y el orden sobre las hordas rojas, ateas y comunistas, que ponían en peligro la civilización occidental. Pero haciendo abstracción de los errores de los gobiernos de Salvador Allende ante la brutal acometida del poderoso vecino del norte, la fecha icónica de aquel año fue el principio de la derrota de los ideales democráticos de un continente que aún lucha por su identidad. El año de 1973 inició la infame década de los gobiernos militares en el subcontinente y su estela de secuestros, torturas, asesinatos y terror. Todavía hoy, cada 11 de septiembre se reproducen en las alamedas de las que habló Allende en su último discurso la carga de los carabineros contra los manifestantes a los que la vida no les concedió la paz de la desmemoria.
La Diada y la “pinochetada” tuvieron como secuelas (al menos hasta el año 1978, en el primer caso) la violencia de las conmemoraciones por la explícita represión de los gendarmes del orden. Ahora, en este primer aniversario del día icónico por excelencia, junto al llanto por las víctimas se columbran también regueros de sangre y estallido de fuegos. Los españoles deberíamos hablarle al mundo de nuestra experiencia. En nuestra carne aparece la mordedura del terror en cuya cúpula se han ido asentando diversos criminales, sucesivamente sustituidos sin que por ello cesara la muerte. La comunidad internacional y más concretamente los EE.UU. buscan a Bin Laden. Es muy probable que nunca lo encuentren e incluso no son pocos los que están convencidos de que ha muerto. Pero el terror, una vez implantado, no llora a sus jefes, sino que los sustituye, y a Occidente le toca jugar sus cartas con más sutileza y menos arbitrariedad. ¿Un Sadam Husein que haga olvidar  a Bin Laden? Y después, qué: ¿el choque de civilizaciones que describe Samuel Huntington? Una derrota llevaría a la otra y el 11 de septiembre se convertiría así en el icono sangriento de todo el calendario de nuestras vidas.
La Verdad 18 de septiembre de 2002             

viernes, 7 de septiembre de 2018

EL GOLPE DE AGOSTO
                                  (Del libro en preparación La cópula de la libélula)                                               
Aquel martes de agosto de 1991 la mesa estaba al completo. Cada segundo día de la semana, periodistas argentinos, agregados de prensa de las embajadas, corresponsales europeos y algún invitado ocasional se daban cita en el Club Español de Hipólito Yrigoyen, el flanco derecho de la Avenida de 9 de Julio de Buenos Aires, para una comida de confraternización en la que se solían suscitar temas y debatir la política menemista del momento. Era una convocatoria libre, con sedes sucesivas y que ahora se celebraba en un reservado del comedor del Club, un hermoso edificio de principios del siglo XX decorado con mármoles y mobiliario de los tiempos de la Argentina rica, en el que nos instalaban una mesa alargada con diez sitios que solían bastar e incluso sobraban las más de las veces. Como elenco estable se encontraban el patriarca Rudni y Pablo Gusani, ya fallecidos, Rogelio “Pajarito” García Lupo, Isidoro Gilbert, y algún corresponsal de la agencia cubana de noticias. Era una mesa claramente izquierdista en la que sin embargo los periodistas independientes, liberales o decididamente conservadores se encontraban también a sus anchas compartiendo la picada previa a una paella de desigual factura.
Pero aquel martes 20 de agosto de 1991 el gerente del restaurante tuvo que poner varias mesas supletorias. La agregaduría de Prensa de la Embajada de Cuba al completo, el corresponsal de Novosti (y supuesto agente del KGB) e Isidoro Gilbert, el decano de los corresponsales de la agencia soviética Tass en el continente americano, trasladaban al resto de los comensales sus noticias sobre el golpe de Estado que había estallado el lunes en la lejana Unión Soviética (aunque el ambiente la hacía parecer vecina, por lo cercana) contra la “gladnos” y la “perestroika” del presidente Mijail Gorbachov. Como ningún otro día, corrió el vino tinto de Mendoza y alguien tuvo la ocurrencia de pedir una botella de vodka para celebrar el acontecimiento. Isidoro, periodista riguroso, archivo viviente de la dictadura militar y persona entrañable, se felicitaba por su terquedad en haber despreciado desde el principio los intentos aperturistas de Gorbachov. Los cubanos veían disiparse los nubarrones que amenazaban a Cuba con las sucesivas reformas del presidente soviético. Los comensales de izquierdas no comunistas asistían confusos a las celebraciones del golpe que solo a los independientes les parecían divertidas por lo excesivo de la euforia. Los veintitantos periodistas que nos reuníamos en aquella mesa ni siquiera criticamos el apellamiento del arroz de la malhadada paella, más cercana a unas gachas migas que a nuestro plato imperial, atentos como estábamos a los numerosos “ya decía yo” de los comunistas más irredentos. Tras los discursos, el café aguachirlado y los brindis con vodka al estilo ruso, concluyó al reunión con la sensación de que el mundo bipolar había vuelto a la razón y que la tensión nuclear y la guerra fría se instalaban de nuevo en nuestras vidas de donde nunca debieron salir.
Ni al día siguiente ni al otro, ni al tercero, cuando estuvo claro que el golpe contra Gorbachov había fracasado, hubo intercambios telefónicos entre los comensales. Unos cuantos ardíamos en deseos de que llegara el martes para estudiar las reacciones de nuestros colegas. Pero el 27 de agosto de 1991, el aspecto de la mesa de los corresponsales era el vivo escenario de la desolación, subrayada por las erráticas previsiones del dueño del restaurante que para evitar los agobios de la anterior comida había previsto 25 servicios y ordenado dos paellas gigantescas. Solo cinco periodistas nos apiñamos en las sillas del centro de aquella mesa en la que no hubo ni risas estentóreas ni satisfacciones ostentosas. Ni los cubanos, ni el de Novosti, ni Isidoro acudieron a la cita. Entre los congregados cundió la sensación de encontrarnos ante un acontecimiento tan distante como los sueños del amanecer. Extrañamente, recuerdo ahora que la paella salió esta vez bastante aceptable y el cabernet sauvignon mendocino nos dejó un regusto de buen vino que nos llevó a chascar la lengua varias veces en el curso de aquel raro festín.
La Verdad, agosto 2002

domingo, 8 de mayo de 2016

OLIVASTRI MILLENARI

La película El Olivo, de Icíar Bollaín, puede que constituya un revulsivo más a tantos atropellos perpetrados por promotores y constructores en nombre de la codicia y la idiotez. Conocida es la desaparición de nuestros palmerales debido al Picudo Rojo, una especie de escarabajo importado de Egipto en la época en que paisajistas y urbanistas de baja estofa y peores escrúpulos festoneaban con palmeras mediterráneas desérticos paseos y avenidas polvorientas. El exceso de demanda (España toda se iba a convertir en una lujosa urbanización tropical, en un "resort" lujurioso) aconsejó la importación de palmeras en sazón y más baratas que las nacionales, aunque con un inquilino no previsto: el Picudo Rojo, un coleóptero originario del Asia tropical, que ha arrasado con los palmerales del Levante y el Sureste peninsular.
Nadie ha ido por ello a la cárcel. La ignorancia, la malicia y la avaricia han arrasado también nuestros pueblos y sus paisajes al socaire de una malentendida modernización. El expolio ha alcanzado cotas de salvajismo e impudicia. Basta viajar por la Europa devastada tras la Segunda Guerra Mundial para advertir el cuidado, el mimo y la exactitud en la reconstrucción y homogeneización de sus pueblos y ciudades, la cordialidad de su urbanismo.
Bueno, pues con los olivos centenarios y milenarios ocurre en España tres cuartos de lo mismo. Hace apenas diez años, los dueños de olivos centenarios y milenarios del Maestrazgo castellonense y turolense (y de otras regiones) se apresuraban a vender sus fósiles vivientes a particulares y empresarios italianos, principales clientes de estos gigantes, antes de que una inminente ley de protección ambiental impidiera el atropello.
Quienquiera que haya viajado por el Sur de Italia, en teoría la zona más deprimida de la gran península, habrá advertido el cuidado de sus caminos, la limpieza de sus arcenes, adornados con chumberas, adelfas y pequeños arbustos mediterráneos. Hasta el atronar de las cigarras parece milenario.
Ese apego a la eternidad que puede apreciarse en las grandes ciudades de Italia, puede también admirarse en el norte de Cerdeña, en Gallura, a escasos 30 kilómetros de la Villa Certosa de Berlusconi y la Costa Esmeralda. Allí, en medio de grandes formaciones graníticas y cerca del lago artificial de Liscia, aparece tras un muro de piedra, el aviso Olivastri Millenari, oliveras milenarias, una explanada de varias hectáreas en la que se pueden contemplar, previo pago de 2,50 euros por persona, olivos de mil y dos mil años de antigüedad en torno al gigante S'Ozzastru, al que científicos de la Universidad de Sassari atribuyen una existencia de 3.800 años. Tras abrazarlo y escudriñar sus escondrijos (en alguno cabe una persona), se siente la necesidad de acuclillarse a la sombra de sus 600 metros cuadrados de follaje y sumergirse en la contemplación de este soberbio testigo de cuarenta siglos.
S’Ozzaztru seguirá siendo sin duda, con sus 20 metros de perímetro y 14 de altura, un impresionante ejemplar de acebuche (todos los olivos milenarios lo son) entre media docena de “jóvenes” de mil y dos mil años de antigüedad convenientemente datados. Un parque que quizás sea ampliado, si no lo ha sido ya, por alguno de los varios miles de olivos milenarios españoles que languidecen en nuestros campos a la espera del oportuno especulador y traficante sin escrúpulos capaz de tasar sus años en billetes de 500 euros de curso legal.


Lástima.      

viernes, 8 de abril de 2016

EL CAPITAN RENAULT SE ESCANDALIZA DE NUEVO

Quizás sean ya un par de generaciones  las que disfrutan una y otra vez de “Casablanca”, la película con más frases para el recuerdo de las que me parece tener noticia. Desde el “siempre nos quedará París”, pasando por la pregunta a Rick Blaine (Humphrey Bogart) del mayor Strasser: “¿Cuál es su nacionalidad?” “Soy borracho”, o la exaltación de Ilsa Lund (Ingrid Bermang): “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”.
Pero fue el fantástico cinismo del capitán francés Louis Renault (Claude Rains) el que me ha servido de guía desde su primer visionado para comprender la política nacional y desde hace un tiempo, también la internacional.