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jueves, 26 de septiembre de 2013


LA ETERNIDAD O LA GOTA MALAYA

Desde los ejercicios espirituales de san Ignacio que anualmente nos propinaban los jesuitas en el internado, el concepto de eternidad se me había cobijado en algún rincón de la memoria, a la espera, como tantas vivencias, de un catalizador que lo volviera a sacar a la luz.
En aquellas terribles jornadas en las que la Muerte, así, con mayúsculas, se enseñoreaba de nuestra adolescencia, paralizaba las manos tan pronto pretendían bajar del ombligo y protagonizaba nuestras peores pesadillas, los curas se escondían tras los flexos de modo que sólo los labios y la barbilla aparecieran iluminados en la oscuridad de la sala. Y hablaban. Más que hablar, amenazaban con todos los fuegos del infierno a los onanistas, a los elucubradores de torpes pensamientos, a los perezosos, a los onanistas de nuevo, y así sucesivamente. En aquellos ejercicios que Dios confunda uno entraba confuso, pero ligero, y salía aterrorizado y más confundido todavía. Pareciera que los acólitos de san Ignacio disfrutaran aterrorizando al joven personal con terribles ejemplos que dejaban las sábanas mojadas de pesadillas y sudoración.