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martes, 22 de marzo de 2016

AUSENTE ESPAÑA

Pareciera que la visita de Barak Obama a La Habana –histórica sin duda- hubiera competido con la del papa Francisco, hace unos meses y si me apuran con el mismísimo Espíritu Santo de haberse manifestado. Hace menos de un año fue el presidente francés, François Hollande, quien pudo entrevistarse con el líder de la Revolución Fidel Castro en persona, poco después de que a nuestro ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, le diera el presidente Raúl Castro con la puerta en las narices.
Probablemente, Hollande recordara la exclamación atribuida a su antecesor y conmilitón, François Mitterrand, el de la “grandeur”, ante un subcontinente comunicado por el castellano: “¡Ah, si tuviéramos nosotros Latinoamérica!”

lunes, 21 de abril de 2014


NUNCA LO LLAMARÉ GABO
 
He de confesarlo: nunca hablé con Gabriel García Márquez, ni me hice una foto con él, ni siquiera una “selfie” (un autorretrato con el móvil, para entendernos), por eso no lo llamo Gabo ni Gabito (nunca imaginé así su nombre) ni García, como lo llamaba su agente literaria Carmen Balcells, porque los motes, por universales que sean, son para la intimidad de la familia, del amor o de la amistad y para mi pesar no formé parte de ese escenario.

También lo confieso: envidio sinceramente a quienes tuvieron la oportunidad de intercambiar con él (a quien por supuesto llamarían Gabo) una mirada, una sonrisa y, ya no digamos, una conversación. Habrían salido completos y satisfechos, como me ocurrió a mí con José Donoso, Torrente Ballester, Borges, Bioy, Sábato, gente que te clava la voz en el alma y ya no encuentras obstáculo para repetir, inmodestamente y quizás con demasiadas ínfulas, “como me dijo Borges…”, o “insistía Ernesto Sábato en su casa de Santos Lugares…”, o “realmente Adolfo Bioy era un seductor…” y cosas así que diría ahora, hinchado como un pavo, de García Márquez si hubiera tenido ocasión de poderlo llamar Gabo.

domingo, 27 de octubre de 2013


MUERTE DE UN PRESIDENTE

(Finalmente, el presidente Salvador Allende tuvo razón. Pocos podían suponer que cuarenta años después de su muerte Chile sería la democracia más asentada de Iberoamérica, también la más próspera, y en la que la alternancia del poder se había consumado sin problemas. El 11 de septiembre de 1998 publiqué en el diario La Verdad de Murcia y en sus ediciones de Albacete y Alicante el artículo que reproduzco a continuación, cuarenta años, un mes y 16 días después de un magnicidio tras el que estuvo la larga mano del presidente estadounidense, Richard Nixon, y su secretario de Estado [y premio Nobel de la Paz en ese malhadado año de 1973] Henry Kissinger)

A las tres de la tarde (del 11 de septiembre de 1973) hora chilena (nueve de la noche en España), todo había terminado en el Palacio de la Moneda. Tras casi ocho horas de combates, incluido el bombardeo del palacio desde el aire, los últimos moradores del emblemático edificio presidencial salen por la puerta de la calle Morandé, al costado de la entrada principal. Hasta ese momento, sólo el presidente Salvador Allende, con el casco de combate calado hasta las cejas, y sus más incondicionales permanecían en las dependencias de palacio, en pleno centro de Santiago.