NUNCA LO LLAMARÉ GABO
He de
confesarlo: nunca hablé con Gabriel García Márquez, ni me hice una foto con él,
ni siquiera una “selfie” (un autorretrato con el móvil, para entendernos), por
eso no lo llamo Gabo ni Gabito (nunca imaginé así su nombre) ni García, como lo
llamaba su agente literaria Carmen Balcells, porque los motes, por universales
que sean, son para la intimidad de la familia, del amor o de la amistad y para
mi pesar no formé parte de ese escenario.
También lo
confieso: envidio sinceramente a quienes tuvieron la oportunidad de
intercambiar con él (a quien por supuesto llamarían Gabo) una mirada, una
sonrisa y, ya no digamos, una conversación. Habrían salido completos y
satisfechos, como me ocurrió a mí con José Donoso, Torrente Ballester, Borges,
Bioy, Sábato, gente que te clava la voz en el alma y ya no encuentras obstáculo
para repetir, inmodestamente y quizás con demasiadas ínfulas, “como me dijo
Borges…”, o “insistía Ernesto Sábato en su casa de Santos Lugares…”, o
“realmente Adolfo Bioy era un seductor…” y cosas así que diría ahora, hinchado
como un pavo, de García Márquez si hubiera tenido ocasión de poderlo llamar
Gabo.
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