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lunes, 21 de abril de 2014


NUNCA LO LLAMARÉ GABO
 
He de confesarlo: nunca hablé con Gabriel García Márquez, ni me hice una foto con él, ni siquiera una “selfie” (un autorretrato con el móvil, para entendernos), por eso no lo llamo Gabo ni Gabito (nunca imaginé así su nombre) ni García, como lo llamaba su agente literaria Carmen Balcells, porque los motes, por universales que sean, son para la intimidad de la familia, del amor o de la amistad y para mi pesar no formé parte de ese escenario.

También lo confieso: envidio sinceramente a quienes tuvieron la oportunidad de intercambiar con él (a quien por supuesto llamarían Gabo) una mirada, una sonrisa y, ya no digamos, una conversación. Habrían salido completos y satisfechos, como me ocurrió a mí con José Donoso, Torrente Ballester, Borges, Bioy, Sábato, gente que te clava la voz en el alma y ya no encuentras obstáculo para repetir, inmodestamente y quizás con demasiadas ínfulas, “como me dijo Borges…”, o “insistía Ernesto Sábato en su casa de Santos Lugares…”, o “realmente Adolfo Bioy era un seductor…” y cosas así que diría ahora, hinchado como un pavo, de García Márquez si hubiera tenido ocasión de poderlo llamar Gabo.