EL DÍA QUE MURIÓ PABLO NERUDA (I)
Lo que más
lamentarán los restos de Pablo Neruda cuando los exhumen por orden del juez será
separarse de los de Matilde Urrutia, su tercera esposa, tan a gusto como
reposan desde 1992 hombro con hombro en Isla Negra, bajo el tinglado de maderos
con las campanas de avisos de algún barco desguazado y frente al océano
Pacífico. Puede que todavía mantengan el rito que practicaban a diario: besarse
en el momento en que el Sol desaparecía por el horizonte. Paradoja sobre
paradoja, porque ni Isla Negra es una isla, sino lugar costero; ni el Pacífico
es calmo, sino bravío y pendenciero como marinero ebrio. Pero allí se
encuentran los amantes, la pareja a la que Salvador Allende no dudó en
calificar como la más romántica de su generación, frente al mar y bajo la Cruz
del Sur. Los huesos de Matilde sentirán un escalofrío con la separación, como
aquella tarde del 31 de mayo de 1976 en Madrid en que una hermosa sexagenaria,
capaz aún de enamorar hombres a manadas, le hablaba quedo al periodista,
envueltas sus palabras en la música ambiental de aquel hotelito de Serrano, a
apenas diez mil kilómetros de un Augusto Pinochet en la plenitud de su tercer
año triunfal.