NI UN SEGUNDO
(Del libro en preparación El sol en la espalda)
Ni un segundo me detendré a
pensar en el hombre de la ventana del piso 97 de la Torre Norte, contemplando
la dorada mañana neoyorkina, sin la más leve bruma sobre el Hudson, quizás con
un vaso de papel mediado de agua fresca. Ni un segundo para imaginar su rostro
plácido a la espera de la tensión de la jornada. En lo alto de esa torre
millones de turistas hemos sentido, junto a la altura, el vértigo de la
civilización, la estúpida complacencia del progreso, la cristalización del lema
olímpico –“Citius, Altius, Fortius”- ideado por el dominico Henri Didon en
1891. Allá arriba se han usado millones de videocámaras y cámaras fotográficas,
tratando de sortear las irisaciones del cristal irrompible. Pero ese hombre
tras el cristal de la Torre Norte mira sin emoción el horizonte: se ha
acostumbrado al paisaje como los guacamayos a la selva o los celadores a
caminar entre las maravillas del museo, sin advertirlas siquiera. Sólo piensa
que el aullido del teléfono lo está sacando de la complacencia. Ese hombre
despacha de un trago el vaso de agua, lo estruja y el brazo se le queda
arqueado en el instante en que una inmensa máquina voladora enseña su morro
ante el cristal.
