ERA UNA FIESTA
Habría que
mirar aquello con los ojos del niño que fuimos: el chirriar de la chicharra o
el estrépito de una merla, los gorjeos de la cavernera o los desplantes de la
perputa (años después sabría que en las ciudades esos pájaros eran nombrados
mirlos, jilgueros o abubillas). Santomera era El Campo por antonomasia. Cuando en Madrid aviso que me voy al
campo, los míos saben que regreso al país de mi infancia. Por entonces era una
pedanía partida por la carretera nacional de Murcia a Alicante: el sur, huertano, con
regadío tradicional, abancalándose hacia el Raal; el norte, secano puro, territorio
de la culebra y el lagarto, hasta que comenzaron a irrigar las tierras y
cambiar el paisaje.