SEMANA SANTA EN EL SEGUNDO VATICANO
Como es fácil colegir, eran otros
tiempos y no por lejanos, mejores. En aquella pedanía murciana, motejada por su
entorno Segundo Vaticano por la habitual mojigatería de sus habitantes, los largos y
grises años de la posguerra se medían más por el tañido de las campanas de la
iglesia que por las estaciones. La Cuaresma y la Semana Santa constituían la
médula de la religiosidad: apenas cruzadas las frentes el Miércoles de Ceniza
entraba el pueblo en una especie de letargo, sólo alertado por las admoniciones