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sábado, 26 de marzo de 2016

SEMANA SANTA EN EL SEGUNDO VATICANO

Como es fácil colegir, eran otros tiempos y no por lejanos, mejores. En aquella pedanía murciana, motejada por su entorno Segundo Vaticano por la habitual  mojigatería de sus habitantes, los largos y grises años de la posguerra se medían más por el tañido de las campanas de la iglesia que por las estaciones. La Cuaresma y la Semana Santa constituían la médula de la religiosidad: apenas cruzadas las frentes el Miércoles de Ceniza entraba el pueblo en una especie de letargo, sólo alertado por las admoniciones

domingo, 31 de marzo de 2013





DESPEREZOS RELIGIOSOS DE LA ESPAÑA DE ANTAÑO


Eran otros tiempos y no por pasados, mejores. Apenas amanecido el domingo de Resurrección, el estrépito de la loza y la porcelana contra el suelo de unos recipientes ya inservibles y reservados para la ocasión (botijos sin asa, orinales agujereados, platos desportillados, lebrillos destrozados), competía con el batir de las campanas y la subida del volumen de los aparatos de radio que habían mantenido las voces afelpadas, secuestradas por el dolor de un Cristo muerto y la aspereza de las costumbres. La paleta de voces y ruidos quería anunciar de la manera más festiva y explícita posible el misterio de la Resurrección, y de un modo quizás inconsciente la destrucción de las cadenas. La España rural se desperezaba así de la ruda penitencia a la que la sometían la obediencia y la incultura ancestral y una ristra de capuchinos y franciscanos esparcidos en pie de misión interior por pueblos, aldeas y pedanías. Nadie que viviera en la ciudad o en la capital de la provincia podía ni siquiera imaginar la voracidad con que la Iglesia nacional─católica de la España de los 50 y los 60 se abatía sobre las gentes de los pueblos para inmovilizar sus mentes y encapsular sus deseos con la habilidad de una araña con su presa.