PUERTAS AL CAMPO
La quizás comprensible sobreactuación del ministro del Interior, Jorge
Fernández Díaz, con motivo del asesinato de la presidenta del PP y de la
Diputación de León, Isabel Carrasco, comienza a cosechar sus frutos: al socaire
del anonimato “parece” haberse agrandado la oleada de odio que desde sus
comienzos se expande por la red. Fue un infame asesinato a un político, aunque
no un asesinato político, ocasionado por una mezcla letal de odios, rencores y obsesiva venganza.
En aquellos primeros momentos se produjeron manifestaciones de cariz bien
distinto: por un lado ─generalmente procedente del mundo “popular” o de
comentaristas cercanos a él─ la estupidez de achacar el impulso del asesinato a
una especie de caza al político provocada por los escraches, las plataformas
antidesahucio y las distintas mareas de protesta. La imputación a la protesta
ciudadana de la muerte de una política en ejercicio se diluyó sin embargo como
un azucarillo tan pronto se apreció el alcance de la majadería.
Por el otro lado, una infestación de miseria, insania mental en Internet
y especialmente en la red Twitter con incitación a la violencia y al odio
pareció incendiar el foro de opinión más amplio e incontrolable de las redes
sociales. La presencia de excelentes usuarios en la red del pajarillo se ve lastrada
por una horda de anónimos energúmenos dispuestos a actuar como lo harían en la
vida real: camuflarse en la masa para llevar a cabo sus acciones contra todo lo
que se mueve. ¿Recuerdan aquellos carteles de Zapatero asesino y el estacazo al
entonces ministro José Bono durante una manifestación de la AVT en 2005? Pues
lo mismo, pero en virtual.
