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miércoles, 19 de septiembre de 2018

ELOGIO Y NOSTALGIA DEL SOMBRERO
(Del libro en preparación A la sombra del jacarandá)
Mi padre llevó sombrero hasta su muerte. Recuerdo sobre todo sus sombreros de invierno --de fieltro gris, tostado o verde, de ala estrecha y caída algo achulada-- más que los veraniegos, de los que no ha quedado ningún vestigio. Tampoco del “salacot”, reminiscencia de sus viajes por Tierra Santa y Egipto, allá por los años veinte, ni de la chistera corta que solía acompañar con una bufanda de seda blanca y un bastón con espadín rematado en una cabeza de perro de marfil. Con mi padre se fueron los sombreros y en buena hora, pensaba yo, porque estaba persuadido de que la calorina del tocado y la gomina habían aclarado más de la cuenta su cabello blanco, y me alegró aunque el ceremonial del saludo con sombrero era una fiesta visual: dos dedos tocando el ala, tres para asirla sin destocarse, los mismos para llevarlos a la copa y hacer como que se despojaban del flexible sin quitárselo, según los casos.