ELOGIO Y NOSTALGIA DEL
SOMBRERO
(Del libro en preparación A
la sombra del jacarandá)
Mi padre llevó sombrero hasta su
muerte. Recuerdo sobre todo sus sombreros de invierno --de fieltro gris,
tostado o verde, de ala estrecha y caída algo achulada-- más que los
veraniegos, de los que no ha quedado ningún vestigio. Tampoco del “salacot”, reminiscencia
de sus viajes por Tierra Santa y Egipto, allá por los años veinte, ni de la
chistera corta que solía acompañar con una bufanda de seda blanca y un bastón
con espadín rematado en una cabeza de perro de marfil. Con mi padre se fueron
los sombreros y en buena hora, pensaba yo, porque estaba persuadido de que la
calorina del tocado y la gomina habían aclarado más de la cuenta su cabello
blanco, y me alegró aunque el ceremonial del saludo con sombrero era una fiesta
visual: dos dedos tocando el ala, tres para asirla sin destocarse, los mismos
para llevarlos a la copa y hacer como que se despojaban del flexible sin
quitárselo, según los casos.