LA CANCIÓN DE LA TIERRA
No nos dejan
en paz ni se conceden un minuto de silencio para permitirnos escuchar en calma
la canción de la Tierra. Pareciera que a nuestros políticos les hubiera atacado
el virus del ensimismamiento para dedicarse sólo a sí mismos. Basta con que a unos les obliguen a despelotarse
para que inmediatamente hagan de la necesidad virtud y obliguen a los demás a
seguir la senda del nudismo con argumentos peregrinos de patio de colegio. Es
suficiente con que pillen a unos en flagrante corrupción para que salgan
esparciendo miserias, como si la podredumbre colectiva justificara sus dineros
mal habidos o sus espionajes o sus ingresos de cantidades indecentes en
momentos en que cinco o seis millones de parados se ven obligados a rozar la
legalidad cuando no a transgredirla para poder llegar al lunes siguiente.
Millones de trabajadores descansan al sol no los lunes ni los martes sino
semanas enteras, calentándose el caletre en busca de unas migajas de futuro,
mientras asisten al obsceno espectáculo de una casta echándose encima sus nóminas
en bruto o en neto, en A o en B.