LA CRUZ DEL SUR
(Del libro en preparación A
este lado del tiempo)
Aquella tarde de mayo, Matilde Urrutia
me confesó que el mayor regalo que le había hecho Pablo Neruda no era “Los
versos del Capitán”, ni las docenas de libros dedicados a ella desde entonces,
sino la Cruz del Sur, la constelación austral a la que todo viajero debe mirar
para orientarse en la noche: “Cuando yo no esté, mira la Cruz del Sur, porque
en ese momento la estaré mirando yo”, dijo que le había dicho Pablo.
Cuando vi a Matilde en el vestíbulo del
hotel, con su boca ancha, oceánica, “tu boca de guitarra” había escrito Pablo,
entendí de golpe “Los versos del Capitán” y los “Cien sonetos de amor”. A sus
61 años, Matilde era una mujer hermosa de risa espontánea que fácilmente se
transformaba en rictus cuando recordaba la muerte de Pablo en Isla Negra, una
de las tres casas mágicas que la pareja tenía en Chile, con La Sebastiana de
Valparaíso y La Chascona de Santiago, al pie del cerro San Cristóbal.